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CRISIS DEL CONCERTACIONISMO, RACIONALIDAD Y EFECTOS NO INTENCIONALES

 

Marcelo Mella Polanco*

marcelo.mella@usach.cl

Departamento de Historia

Universidad de Santiago de Chile

 

En este artículo se analizará la crisis de la Concertación como resultado del agotamiento de su ideología fundacional. Para nuestro propósito la noción de crisis posee dos significados, uno amplio, que corresponde a la pérdida de sentido en la acción y, otro restringido, como momento de decadencia o epifenómeno. Pensamos que, en relación a esta ideología fundacional que llamaremos Concertacionismo, ambos significados de la crisis están presentes y coexisten.

   

La matriz de pensamiento de la Concertación ha sido desarrollada con dos condicionamientos desde sus orígenes durante la segunda mitad de la década de 1980: 1) Se trata de una forma de pensamiento que genera cohesión y respaldo social en base a contenidos estratégicos y no programáticos, y 2) Se trata de una ideología que se orienta a potenciar el cambio de régimen, por lo tanto, su validez está acotada al momento de la transición a la democracia. Nuestro objetivo consiste en comprender las complejidades y ambivalencias de la pérdida de efectividad política del pensamiento Concertacionista.

 

Sostenemos acá que la validez del Concertacionismo se debe, tanto al cambio de oportunidades generadas por la transición, como a la capacidad de adaptar las preferencias a los diversos contextos y condiciones. Esto último no significa necesariamente, que la única manera de adaptar la racionalidad de los actores a las oportunidades de la coyuntura consista en limitar las expectativas. Con el cierre de la transición es probable que la capacidad de mantener la eficacia del sistema de dominación vigente desde 1990 en Chile, esté determinado por la capacidad de responder a los nuevos desafíos políticos con mayor audacia e innovación.

 

Nos interesa explorar un tipo de análisis que supere la dicotomía entre explicaciones individualistas (o intencionales) y estructurales. Específicamente, se explorará las posibilidades heurísticas de una explicación en base a mecanismos, utilizando las propuestas de Jon Elster [1] y Angel Flisfisch [2] .  

 

Contingencia y perversidad estructural

 

Se ha hecho reiterado discutir sobre el eventual fin de la Concertación en el último tiempo, considerando los incidentes que han enfrentado a las distintas “sensibilidades” de la coalición. Nos parece que la Concertación ha comenzado un proceso que la llevará a su desintegración, no por lo que pueda o no hacer la oposición política, o por su perfomance electoral en el tiempo próximo, sino más bien por factores y dinámicas endógenas.


A modo de esquematización, las posibles explicaciones a este fenómeno se pueden agrupar en dos grandes perspectivas, a saber: i) aquella que plantea que la defensa radical del interés individual lleva al desastre colectivo y ii) aquella que plantea que la fragmentación surge de la erosión o pérdida del ethos colectivo. [3]

Siguiendo este esquema, podemos argumentar que el conflicto creciente en el oficialismo podría devenir de la imposibilidad de lograr una agregación armoniosa de los intereses de los diferentes actores del oficialismo, debido a que la "torta" del poder real a distribuir se ha convertido en un incentivo demasiado pequeño o lejano. Piénsese, por ejemplo, en el chantaje creciente que sectores de la DC han interpuesto frente al bloque PS-PPD a partir de sus aspiraciones de llevar un abanderado (a) propio como candidato único en las próximas presidenciales del 2009. Lejos de legitimar el mecanismo de las primarias u otro tipo de rutinas frente al problema de la nominación del candidato, la Concertación parece obligada a generar la alternancia interna de modo fáctico por la presión que ha ejercido el partido de la falange.

Bajo este enfoque, también es posible explicar la crisis de la Concertación , por una carencia de mecanismos institucionales que garanticen competitividad en la repartición del poder, dentro de la coalición y de los partidos. [4] Por esta razón en la coalición oficialista parece haber un enfrentamiento manifiesto entre actores centrales y periféricos respecto de la distribución del poder y los cargos. La llegada de la Presidenta Bachelet al poder ha contribuido a dinamizar el recambio en la elite concertacionista, permitiendo el acceso a la primera línea de su administración a los aspirantes (wannabes) y desplazando a la Generación Fundadora. Los novatos integrados de la Concertación , parecen caracterizarse (al menos discursivamente) por una actitud más autoafirmativa que los “Padres Fundadores”, caracterizados por las redes transversales y una fuerte integración horizontal con actores ubicados, incluso, fuera del oficialismo.

Por otra parte, se podría hablar de causas estructurales o superestructurales para esta crisis, principalmente, el peso del factor cultural o simbólico. Expresiones como la "ideología de la corrupción", subrayan la creciente dificultad de la coalición para generar un relato que frene la fragmentación a causa de sus fuerzas centrífugas. Por defecto, esa expresión destaca también la importancia -en un sentido constructivo o destructivo-, de los imaginarios que permiten representar la realidad y justificar las prácticas políticas dominantes otorgándoles sentido de trascendencia. Sin duda, esta explicación podría resultar demasiado "estática", no obstante, creemos que la pura racionalidad haría de la disidencia y la sedición actitudes esencialmente incomprensibles. ¿Por qué separarse del bloque oficialista si dentro de él todavía tenemos un cierto nivel de acceso al poder garantizado?

En nuestra opinión, la explicación de la crisis del Concertacionismo hay que buscarla, mas allá de los enfoques clásicos de racionalidad, en perspectivas que, incluyendo el componente racional, asuman la dimensión cultural, subjetiva e ideológica como un elemento primordial para la vigencia de la coalición como agente y sujeto.

Desde una perspectiva contextual, el término de la transición en Chile, cuya prueba más consistente es la desactivación de la “amenaza de regresión autoritaria”, ha generado una fuerte tendencia a enfrentar y visibilizar los conflictos latentes en nuestra sociedad.

La pregunta que cabría realizarse en esta coyuntura es ¿en qué medida existe un desfase interpretativo de la clase política respecto del conjunto de la sociedad en términos de los niveles de orden y conflicto que el país requiere para su transformación? Frente a la mantención de un discurso entre la clase política tendiente a prolongar las condiciones de la transición, la sociedad ha recuperado crecientemente el sentido constructivista y conflictivo de la política. Los ejemplos del movimiento de los secundarios y la reiterada disposición favorable a la movilización de múltiples sectores sociales parecen ser prueba de ello.

Erosión de la Identidad Concertacionista

El proceso más relevante para entender la crisis de hegemonía del pensamiento Concertacionista corresponde a la erosión del “cemento normativo” que le ha dado cohesión e identidad a la Concertación desde 1990. Si desde el triunfo de Patricio Aylwin hasta nuestros días ha existido una  "identidad de la Concertación ", ésta ha consistido en un relato estratégico común que ha facilitado liderar el cambio de régimen y, al mismo tiempo, ha evitado la fragmentación dentro del bloque gobernante.

En otros estudios hemos sostenido la existencia de una forma de pensamiento que denominamos Concertacionismo y que se habría originado desde los Centros Académicos Independientes (C.A.I.) vinculados a la oposición democrática a la Dictadura entre 1983 y 1990. [5] Creemos que esta forma de pensamiento que surge en los inicios de la transición constituye una ideología común debido a que contiene una dimensión epistemológica común, posee la capacidad de influir sobre las prácticas de la coalición y tiene capacidad de movilizar apoyo de una mayoría social. [6] Los valores y actitudes elementales que le confieren identidad a la Concertación son entre otros: pragmatismo, flexibilidad y minimalismo en lo aspiracional, cooperación, convergencia y dominación simbólica. [7]

Una de las notas relevantes de esta ideología que denominamos concertacionismo, es que fue elaborada antes de que la coalición opositora a la Dictadura Militar se constituyera orgánicamente. La otra característica relevante es que la unidad del pensamiento se consiguió a partir de acuerdos estratégicos y no programáticos de lo que se sigue una inadaptación estructural de la Concertación a los nuevos desafíos que surgen culminada la transición. Manuel Antonio Garretón destacará hacia fines de los 80 la necesidad de construir un acuerdo sobre materias sustantivas frente a los desafíos surgidos de la reconstrucción de una “cultura democrática”:

“Las transiciones democráticas o las democratizaciones políticas privilegian el momento político-partidario de la sociedad. Las consolidaciones democráticas parecieran privilegiar el momento socio-económico de la sociedad. Del mismo modo como la política de los cincuenta y sesenta privilegió el momento económico (desarrollo) y la política de los sesenta, setenta y ochenta el momento político (poder, revolución, regímenes), la cultura política en los noventa deberá privilegiar el momento cultural de la sociedad, es decir el de la definición del sentido, imagen, lenguaje y estilo de la acción social y las formas de convivencia que desbordan los temas específicos de los regímenes políticos”. [8]

Actualmente, la esquizofrenia oficialista se aprecia en la disonancia del discurso de diversos ministerios frente a temas sociales, en el creciente enfrentamiento entre autoflagelantes, autocomplacientes, lobbistas, oenegeístas, estadofílicos (aunque minoritario, es un discurso en crecimiento en la DC y en ciertos sectores disidentes del PS) y estadofóbicos (la mayor parte del conglomerado adhiere a este polo, muchos, paradojalmente, en el bloque PS-PPD). En ausencia de tal cemento normativo, la coalición se debate entre una precaria alianza por la existencia de cierta cantidad de intereses complementarios y el fin total del animus maritalis.

La persistencia del “eclecticismo no resuelto” en la coalición proviene, a nuestro entender, del abandono progresivo del consenso estratégico construido entre 1983 y 1990 y sostenido, durante los tres primeros gobiernos de la Concertación. Este deterioro se explica, a su vez, por la pérdida de eficacia de la política de los consensos y de la búsqueda de convergencias.  

En el intento de encontrar una explicación de las razones que permiten que una matriz ideológica tenga un éxito ejemplar en el cumplimiento de los objetivos de la transición e, inmediatamente, sea incapaz de generar acciones favorables al propio interés, proponemos un análisis que profundiza en la interacción ambivalente entre racionalidad y cultura política.

Defendemos, para ello, la posibilidad de construir un tipo de explicación en base a mecanismos que permita visualizar porqué una acción puede generar secuencialmente, en distintos momentos y contextos, efectos favorables y contrarios al propio interés. Este rasgo de acciones y estrategias contrarias al propio interés ha sido analizado brillantemente en la historiografía por Barbara W. Tuchman en “La marcha de la locura”. En este libro la autora identifica cuatro tipos de “mal gobierno” que generan efectos no deseados: 1) tiranía u opresión, 2) ambición excesiva, 3) incompetencia o decadencia y, 4) insensatez o perversidad. [9]

Edgardo Boeninger, en su libro “Democracia en Chile”, analiza contrafácticamente el conjunto de decisiones de la UP que impidieron evitar el colapso de la democracia en Chile en el año 1973. Las oportunidades perdidas para evitar la crisis expresaron, en el argumento de este autor, una profunda irracionalidad del oficialismo por la incapacidad para adaptar sus preferencias a las condiciones políticas del momento histórico. Bajo este contexto, y parafraseando a Boeninger, para ser racional habría sido necesario ser prudente (conservador) en las acciones y estrategias escogidas. [10]

A continuación presentaremos dos posibilidades de explicación para el fenómeno de las políticas contrarias al propio interés correspondiente al último tipo de “mal gobierno” identificado por Tuchman; i) los efectos no intencionales producidos por la propia lógica de la racionalidad y ii) los efectos no deseados generados por el contexto donde se origina la acción.

Lógica de la acción racional y efectos no intencionales

Probablemente, uno de los enfoques más utilizados de la teoría de la acción racional es el desarrollado por Jon Elster en trabajos como “Uvas Amargas” y “Tuercas y Tornillos”. Elster describe (Cuadro 1) la acción racional como un tipo de acción originada en un conjunto de deseos (preferencias) y en el marco de ciertas condiciones u oportunidades que la hacen posible. Bajo este esquema, la acción racional produciría tres tipos posibles de efectos. En primer lugar, los resultados intencionales, esto es, cuando la acción genera los efectos definidos a priori, en forma unilateral y egoísta. En segundo lugar, los efectos no intencionales (ENI) que producen cambio de deseos, como ocurre en el mecanismo de adaptación de preferencias conocido como “Uvas Amargas”. Finalmente, efectos no intencionales (ENI) que producen cambio de oportunidades. [11]

Cuadro 1

Fuente: Jon Elster. Tuercas y Tornillos. Gedisa.

Aún más, utilizando el esquema propuesto por Elster para el análisis de los efectos de la acción racional, es posible identificar cuatro tipos de efectos no intencionales; ENI positivo que generan cambio de deseos, ENI positivo que genera cambio de oportunidades, ENI negativo que genera cambio de deseos y ENI negativo que genera cambio de oportunidades.

Cuadro 2

 

ENI - Cambio Deseos

ENI – Cambio Oportunidades

Positivo

1.1. Aceptación reglas del juego / Valoración orden, gobernabilidad, consensos.

1.2. Liderazgos políticos pragmáticos / Fragmentación sujetos - Mayor cooptación de electores.

Negativo

2.1. Diseño secuencial transición / Impotencia y frustración en elites.

2.2. Convergencia / Crisis de representación.

Elaboración propia a partir de Elster

Un ejemplo de ENI positivo que implica cambio de deseos fue la internalización de las reglas del juego de la democracia formal y del modelo de  transición diseñado por Pinochet, de parte de la oposición moderada desde mediados de los 80. El efecto no intencional positivo ha consistido, para la oposición moderada, en la valoración de los acuerdos políticos como método para establecer orden y gobernabilidad democrática.

En el caso de los ENI positivos que generan cambio de oportunidades, aparece como estrategia dominante desde fines de los 90 el surgimiento de liderazgos políticos pragmáticos. Se encuentra en la base de este tipo de liderazgos la intuición de que, a partir de la flexibilidad expresada por los representantes, es posible cooptar a diferentes grupos sociales con intereses contradictorios y obtener su apoyo.

Por su parte, los ENI negativos que generan cambio de deseos aparecen, por ejemplo,  con el diseño de transición secuencial instalado por la Alianza Democrática y, luego, por la Concertación de Partidos por la Democracia. El efecto no deseado de dicha estrategia ha sido la creciente impotencia y crisis de conducción de las elites políticas concertacionistas frente a los desafíos impuestos por la modernización del país.

En cuarto lugar, se cuentan los ENI negativos que implican cambio de oportunidades. Esta clase de efectos no deseados aparecen, por ejemplo, con la adopción de la estrategia de la convergencia política y la integración horizontal de la clase política. Concretamente, los ENI consisten en la crisis de representación y el malestar social extendido frente a la política, por el carácter elitista y excluyente del sistema democrático.  

¡Es la Cultura (Política) estúpido!

Por otra parte, la eficacia de la acción racional se relaciona con el contexto de prácticas políticas en el que se inserta. Angel Flisfisch distingue paradigmáticamente dos momentos: la “política politizada” y la “política que politiza” (Cuadro 3). La “política politizada” corresponde a aquel momento marcado por la normalidad institucional en el que existen rutinas políticas instaladas y, por lo tanto, resulta probable predecir los efectos de la acción racional. La “política que política” consiste en aquel momento donde domina la innovación y la invención de rutinas. La decisión se encuentra emplazada en contextos de alta incertidumbre, razón por la cual se hace indispensable, para maximizar las posibilidades de alcanzar el fin esperado, el gradualismo, el pragmatismo y la cooperación. [12]

Conociendo la evolución de las fuerzas moderadas opositoras a Pinochet desde 1983 a 1989 y de la Concertación desde 1989 a la actualidad, es posible afirmar que ambos momentos se desarrollan en una sucesión dialéctica.

Cuadro 3

Política Politizada

Política que politiza

Explotación de rutinas

Invención de rutinas

Calculo egoísta

Capacidades colectivas

Fija deber ser a priori

Deber ser como cuestión abierta

Juicios provistos de certeza

Aproximaciones tentativas

No cooperativo

Cooperativo

Elaboración propia a partir de A. Flisfisch

La ideología que llamamos Concertacionismo se caracterizó, inicialmente, por operar en la lógica de la “política que politiza”, esto es, instalando nuevas rutinas, articulándose como coalición de modo pragmático y cooperativo. Una vez en el poder, el Concertacionismo ha mostrado grandes dificultades para sustituir su cohesión estratégica por una de tipo programática, de lo que se sigue que la coalición se transformó, con el avance de la transición, en un bloque hegemónico conservador y de administración. De este modo, la Concertación como actor hegemónico instala y explota rutinas para mantener la eficacia performativa de su sistema de dominación.

Conclusión

En el presente artículo se han entregado algunas claves para el estudio de la crisis del Concertacionismo entendido como una matriz de pensamiento capaz de generar cohesión social y legitimidad política para la Coalición que llegó al poder en 1990.

Para estos efectos hemos ensayado una explicación que supera la dicotomía entre la explicación estratégica, tradicionalmente de corte individualista y la contextual, por lo general exageradamente estática. Sostenemos que la crisis del Concertacionismo se entiende cabalmente en la medida que es encarada como una matriz ideológica situada. Vale decir, se trata de una ideología con un alto componente estratégico que establece un cálculo de ganancias y define estrategias contextualmente.

Dado que el pensamiento concertacionista debe ser entendido como una racionalidad contextual, es evidente que el agotamiento de su validez está determinado por una desincronía de la ideología y el contexto en el que esta funciona. En el contexto inicial de la transición, la lógica de las prácticas que hemos llamado “política que politiza” implicó que para ser racional había que ser prudente en las acciones y estrategias elegidas. Con el avance de la transición, sin embargo, la Concertación se transformó en un bloque hegemónico más alejado de la invención de rutinas y más cercano a la explotación de las mismas (“política politizada”). Con el cierre de la transición y la llegada de los nuevos desafíos de la democratización se hace necesario para el mantenimiento de la hegemonía concertacionista, nuevamente, el abandono de la matriz de explotación de rutinas (“política politizada”). En consecuencia, quizás el único camino para prolongar la hegemonía del conglomerado, sea asumir el supuesto de la racionalidad de la imprudencia.

 

BIBLIOGRAFIA

 

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* Licenciado en Historia, Magíster en Ciencia Política y Doctor en Estudios Americanos ©. Profesor Departamento de Historia Universidad de Santiago de Chile.

[1] ELSTER, J.: “Tuercas y Tornillos”. Gedisa. Barcelona. 1989.

[2] FLISFISCH, A.: “Hacia un realismo político distinto”. Documento de Trabajo. Número 219. FLACSO. Santiago. 0ctubre 1984..

[3] Ambas posturas aparecen desarrolladas en un reciente trabajo de GARRETON, M.A.: “Concertar es difícil”. Umbrales de América del Sur, Año 1, Agosto - Noviembre 2007.

[4] NAVIA, P. y ENGEL, P.: “Que gane el más mejor. Mérito y competencia en el Chile de hoy”. Debate. Santiago. 2006.

[5] MELLA, M.: “Los Intelectuales de los Centros Académicos Independientes y el surgimiento del Concertacionismo”. En Revista Historia Social y de las Mentalidades. Departamento de Historia. Universidad de Santiago. Año XII, Vol. 1, 2008.

[6] ECCLESHALL, R. y  JAY, R.: “Ideologías Políticas”. Ed. Tecnos. Madrid. 1993.

[7] Véase FLISFISCH, A.: FLISFISCH, A.: “Los ideales y la izquierda: la racionalidad del cambio”. Documento de Trabajo Número 355. Octubre 1987 y BOENINGER, E.: “ La Concertación Política y Social; problema y exigencia de la consolidación democrática”. Documento de Trabajo Nº 9, CED. Abril de 1984.

[8] GARRETON, M.A.: “Cultura política y Sociedad en la Construcción Democrática ”. Serie Estudios Sociales, Nº 6. FLACSO. Santiago. 1991. pág. 3.

[9] TUCHMAN, B. W.: “La marcha de la locura. La sinrazón desde Troya hasta Vietnam”. F.C.E. México D.F. 1998. pág. 12.

[10] BOENINGER, E.: “Democracia en Chile. Lecciones para la Gobernabilidad Democrática ”. Editorial Andrés Bello. Santiago. 1997. págs. 217 a 222.

[11] ELSTER, J.: “Tuercas y Tornillos”. Gedisa. Barcelona. 1989. págs. 95 a 103.

[12] FLISFISCH, A.: Hacia un realismo político distinto. Documento de Trabajo. Número 219. FLACSO. Santiago. 0ctubre 1984..

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