Regímenes de Bienestar y Confianza
Una reconsideración teórica de las políticas de
focalización
Alfonso Dingemans
La confianza arriba de pie, pero se
retira a caballo
Johan
Thorbecke
Estadista
neerlandés
(1798–1872)
1. Introducción
El agotamiento del
modelo ISI en la década de los setenta en el Conosur llevó diferentes gobiernos
militares a implementar reformas institucionales “desde arriba”, en pos de la
construcción de economías de mercado. Esta nueva economía política tiene por
objetivo reemplazar el Estado de Compromiso – el Estado de Bienestar en una
versión latinoamericana caracterizada por un esquema corporativista entre
Estado, empresas y sindicatos – por un Estado Subsidiario.
Estas reformas pro-mercado, llamadas también neoliberales o
neoconservadoras, otorgan a la sociedad civil una mayor autonomía respecto al
Estado, puesto que este último sólo intervendrá en caso que la primera sea
incapaz por sí sola de satisfacer una determinada necesidad. En la práctica
significa primero que el mercado se convierte en la principal institución
encargada no sólo de asignar los recursos (eficientemente), sino a menudo
también de distribuirlos, y segundo que el Estado reduce su ámbito de accionar.
En América Latina el desarrollo social ha partido históricamente desde
el Estado, siendo éste el tradicional árbitro, o al menos el lugar de encuentro
de intereses en conflicto, y las reformas neoliberales no constituyen una
excepción. La “novedad”, sin embargo, radica en la creciente profesionalización
de la conducción de la política económica, la que finalmente terminó en la
introducción de una manera tecnocrática de hacer políticas (policies). En Chile, desde 1990,
la Concertación
,
la coalición de centro-izquierda que ha gobernado el país desde el retorno a la
democracia, ha compartido este estilo de conducción (Silva, 1991), el que
prioriza la eficiencia de los resultados, a corto y mediano plazo. Es más, los
resultados a corto y mediano plazo constituyen la métrica de auto-evaluación de
las mismas políticas y por ende de su legitimación.
No obstante, las reformas pro-mercado también tienen una proyección de
largo plazo, a saber el cambio de un ethos considerado incompatible con la modernización económica. Esto es un punto no
menor, como lo indica la extensa bibliografía acerca de las transiciones en
Europa del Este a economías capitalistas. En el marco de la taxonomía northiana (v.gr., North 1990), a diferencia de los
cambios institucionales endógenos –donde las instituciones formales se adaptan
a las informales ya existentes – los cambios institucionales exógenos tienen la finalidad de adaptar
los informales a los formales.
Así, la histéresis institucional, es decir el proceso biunívoco que describe el rezago de adaptación de las
instituciones informales respecto a las formales, cobra interés.
Particularmente en el contexto de reformas pro-mercado, la confianza es una
institución informal cuyo comportamiento determina directamente el grado de
histéresis institucional y con ello el nivel de costos de transacción
existentes en una economía. Así se percibe que en último término la confianza
co-determina el potencial de crecimiento económico sostenido, o de largo plazo.
Y es precisamente el crecimiento económico sostenido el que debiera
ser el fin de las políticas económicas. Comparativamente, no es muy difícil
lograr un crecimiento económico satisfactorio a corto plazo, como bien se
demostró durante los mil días de Allende. El terreno ganado se puede perder
rápidamente, por ejemplo por el populismo económico (Dornbusch y Edwards,
1989); lo que importa, en cambio, es iniciar una senda del crecimiento, donde
el retroceso económico es excepción más que regla (Peyrefitte 1996).
La confianza horizontal no se considera en la auto-evaluación de las
políticas públicas, económicas o no. Esto es curioso, dado que teórica y
empíricamente existe un amplio consenso respecto a la importancia de la
confianza en economías modernas, donde los intercambios se caracterizan por ser
infrecuentes y anónimos (Knack y Keefer 1997 y Durlauf y Fafchamps 2005): la
confianza es el aceite necesario que hace funcionar más fluidamente los
mecanismos. Es decir, reduce los costos de transacción.
Aplicando el razonamiento anterior al régimen de bienestar establecido
en Chile, caracterizado constitucionalmente por un Estado Subsidiario y por
políticas sociales focalizadas, queremos mostrar que la inclusión de las metas
de largo plazo en la evaluación de corto y mediano plazo no atenta contra la
manera tecnocrática de hacer políticas. Se trata más bien de complementarla. No
obstante, la endogeneización de la confianza en las políticas públicas
transformará significativamente el régimen de bienestar existente y mejorará
las perspectivas de obtener un crecimiento sostenido. Sin embargo, el inicio de
la cadena causal es la construcción de una memoria compartida o del
reconocimiento de la necesidad de ella.
2. Los diferentes sabores de la confianza
El cliché dice que
no apreciamos lo que tenemos hasta que lo perdemos. La confianza es una de esas
cosas. Imagínese algo tan simple como comprar pan en el negocio de Don Segundo
en la esquina. Al pedir un kilo de pan, confío en que el pan es comestible y que la cantidad sea precisamente un kilo. Por su
parte, Don Segundo confía en que le
compraré el pan, y que no está pesando el pan en balde. Después deberemos proceder a la álgida cuestión de pagar y de entregar la
mercancía. Ambos confiamos en que el
otro cumplirá con su parte del trato. Y ambos confiamos en que la otra
parte acepte el medio de pago, que tiene escaso valor intrínseco. Imagínese
ahora cómo transformaría nuestro diario vivir si no confiaríamos en el
cumplimiento de ninguna regla formal
o informal. El resultado sería un estado hobbesiano de anarquía. Para que
cualquier sociedad funcione, es necesario que éstas se cumplan. Kenneth Arrow sostuvo en 1974 que “aunque
más no fuera, la confianza tiene un importante valor pragmático. En un sistema
social, la confianza es el lubricante básico y uno muy eficiente. Un grado
adecuado de fe en la palabra de otros nos ahorra una gran cantidad de
trastornos” (citado en Fukuyama 1996, pp. 175–176).
Como la confianza está tan arraigada en casi todas nuestras acciones
sociales, existe cierta confusión respecto a su definición. A nivel teórico,
existen varias clasificaciones de la confianza. En primer lugar podemos
distinguir entre la confianza horizontal (o interpersonal) y la vertical. La
primera se refiere a la confianza social, es decir la confianza en otros. Este
concepto está íntimamente relacionado con el capital social: se relaciona con
la disposición a cooperar con otros. La segunda se refiere a la confianza
política, es decir la confianza en las autoridades (Rothstein y Eek 2005, p.
3). Esto está íntimamente relacionado con la propensión a cumplir con las
reglas dictadas por la autoridad.
Una segunda distinción es entre la confianza particularizada y
generalizada, dos extremos de un continuo. La confianza generalizada se define
por la percepción que la mayoría de las personas en un país son parte de tu
propia comunidad moral. Es por ende
una medida del alcance de dicha comunidad, basada en consideraciones morales y
en experiencias colectivas. La confianza particularizada se refiere a la
confianza depositada en un subconjunto de personas pertenecientes a esa
comunidad moral. Es decir, una persona con una confianza particularizada sólo
confiará en algunas personas, y la con una confianza generalizada confiará en
la mayoría de las personas.
Normalmente se restringe la confianza a la posesión de cierta
información y la experiencia (Putnam 1993, Six 2005). Significa que la confianza
es el resultado de experiencias pasadas con personas concretas, y se ejerce sin
la necesidad de un poder coercitivo. Este tipo de confianza es lo que Uslaner
(2002a) llama confianza estratégica,
ya que existe un riesgo implícito en la interacción de que la otra parte no
cumpla con sus compromisos. Su función es reducir el problema de acción colectiva
a través de la reducción de los costos de transacción. De este modo, esta
visión nos permite decir cuándo otras personas son confiables para efectos del
cumplimiento de los compromisos adquiridos en una determinada interacción
futura.
El problema de este tipo de confianza es que surge como el resultado
de interacciones reiteradas, y aparece entonces la pregunta por qué decidieron
interactuar. Además, esta definición permite la generación de confianza en un
ámbito determinado de conductas, y no en otras. Uslaner (2002b) plantea que si dos personas se
confían para prestarse dinero, esto no implica que se confíen para dejar que
una de ellas le haga arreglos a la casa de la otra. La falla lógica no es
menor.
En vez de la estratégica, Eric Uslaner propone otro tipo de confianza,
la confianza moralista o altruista (Uslaner 2002a). Este tipo de confianza se
caracteriza por ser un mandamiento moral para tratar a las demás personas como si fueran confiables, y surge cuando
los miembros de una cierta comunidad comparten ciertos valores morales
fundamentales que van más allá de las ideologías, las políticas o incluso la
religión. En las palabras de Fukuyama (1996, p. 178): “la confianza surge
cuando una comunidad comparte una serie de valores morales, de modo tal que se
espera un comportamiento regular y honesto”.
Cuando la heterogeneidad de valores fundamentales dentro de una
comunidad es menor, los riesgos – que se enfrentan al momento de buscar un
acuerdo sobre problemas de acción colectiva – son menores. Pero este riesgo no
se subscribe a una interacción en particular, sino a las interacciones en
general.
Las diferencias entre ambos tipos no son menores. La confianza
generalizada vista como un valor implica que ésta se basa principalmente en una
visión optimista del mundo (más que en circunstancias objetivas de la vida). El
optimismo se sostiene por cuatro elementos básicos: (1) la creencia que el
futuro será mejor (es decir, las experiencias malas son una minoría); (2) la
creencia que podemos controlar el mundo para hacerlo mejor (es decir, una
actitud ingenieril: cada problema tendrá su solución); (3) una sensación
personal de bienestar, y (4) la existencia de una comunidad comprensiva (el
optimismo y la confianza son contagiosos) (Uslaner 2002a, cap. 4). Las experiencias del diario vivir escasamente influyen
en la confianza moralista. La confianza moralista entonces tiende a ser estable
en el tiempo, mientras que la estratégica no.
Entonces, la confianza moralista es una declaración acerca de cómo el
comportamiento de las personas debiera ser: las personas debieran confiarse.
La Regla
de Oro (la que es un fundamento de
la confianza moralista) no exige que hagas a los otros que los otros hagan a
ti. En cambio, haces a los demás lo que quisieras que los demás hicieran a ti.
El octavo mandamiento no dice “No robarás a menos que alguien te quite algo a
ti”. Tampoco dice “No robarás a Juan”. Los dictámenes morales son absolutos
(usualmente con algunas excepciones en circunstancias extremas) (Uslaner 2002b, p. 6).
La confianza moralista refleja un compromiso con un conjunto de
ideales que todas las personas comparten. Se estima que todos los miembros de
una sociedad tienen un destino común, y por ende se tiende a percibir a los
extraños como una extensión de su
comunidad moral. La cooperación y el compromiso sólo pueden florecer cuando las
personas se respetan, pese a sus
diferencias. Así, una comunidad de confianza es una comunidad tolerante. Esto quiere decir que se
apoya la inclusión de los grupos marginados, pero que se resiste el
multiculturalismo.
3. Relacionando confianza horizontal y vertical
Según varios
estudios empíricos, la confianza horizontal se relacionaría con la confianza
vertical (Rothstein y Eek 2005, p. 4). Una explicación podría ser que la gente
no las distingue, aunque los datos contradicen esta hipótesis, ya que la
varianza de la primera es menor que la de la segunda, y en casos donde la
confianza vertical sufre una merma, la horizontal permanece virtualmente
constante.
Putnam (1993) sostiene que la confianza horizontal se traduce en la
confianza vertical a través de la participación en organizaciones. Una sociedad
de confianza conduciría a un espíritu cooperativo entre los civiles y a una
población participativa. Una sociedad civil activa, mediante las organizaciones
de voluntariado, es más capaz de formular demandas al gobierno, de mantenerlo a
raya y de hacerlo más receptivo. Un gobierno honesto y receptivo llevará más
prosperidad a sus ciudadanos. La confianza a través de la asociatividad haría
que “la democracia funcione”.
Sin embargo, Uslaner (2002a)
sostiene que la relación es directa:
la confianza lleva a un mejor desempeño gubernamental. Las organizaciones no
sólo no contribuyen a la generación de confianza, tampoco se relacionan con el
“buen” gobierno. La confianza generaría un sistema legal fuerte, no al revés
(Uslaner 2002a, cap. 8). Es más fácil
tener un sistema judicial que funcione bien en una sociedad de confianza, donde
existe respeto por la ley, ya que habrá menos trabajo para los tribunales
(Uslaner 2002b, p. 21).
Pero la confianza que el gobierno genera a través de sus instituciones
sería del tipo estratégico, como una
evaluación del desempeño. Las buenas políticas ni la democracia, generan
confianza moralista, y aunque la confianza moralista no genera democracia sí la
refuerza haciéndola más próspera. Las economías con más confianza moralista
tienden a apoyar el comercio con el extranjero, y reduce los costos de
transacción (Uslaner 2002a, cap. 8).
Rothstein y Eek (2005) proponen en cambio – respaldado por resultados
experimentales – que la confianza vertical causa la horizontal, ya que la autoridad sería percibida como un modelo para el
comportamiento ético que refuerza esos estándares (Uslaner 2002a, cap. 8). La calidad institucional
sería un determinante de la confianza generalizada, (Rothstein 2003). Nannestad
y Svendsen (2005) encuentran evidencia empírica a favor de esta explicación. En
particular, concluyen que las personas son más sensibles a las pérdidas de
confianza que a las ganancias. Es decir, el Estado (a través de la confianza
vertical) tiene un papel fundamental en la generación de confianza horizontal.
El problema está entonces en la dirección de la causalidad. Rothstein
y Uslaner (2005) intentan unir ambas explicaciones (dejando de lado la variante
de Putnam). Pues, a la base de la confianza moralista se encontraría la
homogeneidad en términos de equidad de la sociedad. Esto se refiere a los
clivajes que existen en una sociedad, no sólo de clase sino también de
etnicidad (Alesina y
La
Ferrara
2004), religiosa o lingüística (Knack 2001, p. 177).
Menos equidad, más heterogeneidad, menor grado de valores compartidos, menor
confianza moralista. Los grupos sociales podrían eventualmente ayudar
indirectamente a mejorar la equidad (a través del acceso igualitario a recursos
incrustados en redes), pero una mayor equidad es principalmente producto de
políticas públicas, no de la propia comunidad a escala nacional.
Las sociedades desiguales carecen de recursos públicos por falta de
poder tributar más a la élite; las políticas públicas focalizadas parecen ser
la única opción. Sin embargo, por razones políticas (principalmente por la
sensación de exclusión y por el poder discrecional otorgado a los burócratas en
cuanto a su calificación) y económicas (una política de focalización otorga
menos beneficios a los estratos más pudientes, haciéndolos menos dispuesto a
participar en el régimen de bienestar), este tipo de políticas sociales no
mejoran la distribución de ingresos, por lo que la desigualdad sigue al mismo
nivel (y la confianza moralista también), lo cual da pie a un círculo vicioso.
La salida podría ser el crecimiento, pero si no se “crece con igualdad”, la
confianza moralista (el vinculum
societatis) permanece insuficientemente difundido para reducir los costos
de transacción, formando así un freno al crecimiento económico a largo plazo.
4. Beneficios universales vs. beneficios focalizados
Que las políticas
sociales con beneficios universales mejoran la distribución de ingresos puede
sorprender a muchos con una formación económica. El sentido común diría que no mejoraría (Barry 1990) o que
impondría altos costos de transacción a la sociedad debido a la burocracia involucrada.
Sin embargo,
la Tabla 1 muestra que estas
explicaciones son incompletas (Rothstein 2001).
Grupo
|
Ingreso
Promedio
|
Impuestos (40%)
|
Transferencias
|
Ingreso después de impuestos y transferencias
|
A (20%)
|
1000
|
400
|
240
|
840
|
B (20%)
|
800
|
320
|
240
|
720
|
C (20%)
|
600
|
240
|
240
|
600
|
D (20%)
|
400
|
160
|
240
|
480
|
E (20%)
|
200
|
80
|
240
|
360
|
Razón entre grupos A y E
|
5/1
|
|
|
2,33/1
|
Tabla
1
Beneficios
generales mejoran la distribución de ingresos (Rothstein, 2001).
Supongamos una población que se divide en quintiles de igual tamaño, comenzando
con un cuociente de desigualdad 5/1 (última fila) y un sistema tributario
proporcional para simplificar los cálculos. Fijaremos la tasa en 40%. Esto
quiere decir que el Estado recauda en total 1.200 (suma de la tercera columna).
Bajo un régimen de bienestar con beneficios universales, esta suma se divide
entre los cinco quintiles, quedando así un total de 240 que en promedio
recibirá cada quintil. El resultado es una reducción en la desigualdad de ingresos. Empíricamente, en efecto los países con menor
desigualdad distributiva tienden a tener regímenes con beneficios universales
(Rothstein 2001).
La paradoja que “dar a los ricos” mejora finalmente la distribución de
ingresos se explica por el hecho que la tributación es relativa a alguna variable (el ingreso, por ejemplo) mientras que
las transferencias son nominales.
Así, la redistribución dependerá del monto de las transferencias. Si se exige
que los ricos paguen sin recibir transferencias, éstos no aceptarán altas tasas
impositivas.
Partiendo del supuesto de un agente racional que maximiza su propia
función de utilidad, el resultado final no es, en la jerga de la teoría de
juegos, un equilibrio estable. Por un lado, los grupos A y B estarían en contra
del régimen de bienestar, mientras que por otro D y E estarían a favor. El
grupo clave es C (que llamaremos la clase media), y dependiendo de su alianza
(con A y B o con D y E) se determinará qué tipo de régimen se obtiene.
Sin embargo, relajando los supuestos del agente racional, permitiendo
que éste sea averso al riesgo, que la información es incompleta, y que los
agentes toman en cuenta en también el bienestar de su comunidad, se descubre que la participación en este tipo de regímenes dependerá de la confianza
que se tiene en que el Estado cumplirá con lo prometido, y en que los demás
ciudadanos también lo financien. Rothstein (1998) afirma que la resolución de
estas dos situaciones estratégicas imbricadas dependerá del cumplimiento con
tres condiciones (el consentimiento es contingente: contingent consent): (1) la justicia sustantiva (la redistribución
se valora intrínsecamente); (2) la justicia procedimental (el gobierno cumplirá
con su palabra de transferir fondos de manera justa e imparcial),
y (3) la creencia que los demás ciudadanos cooperen con su financiamiento
(ausencia casi total de free-riders).
En referencia a la primera, en regímenes de bienestar selectivos se
tiende a concentrar en quién merece ayuda y quién no. Los que reciben ayuda son
vistos como “los otros”. Esto atenta contra la construcción de una comunidad
moral, fundamento de la producción de confianza horizontal. Además, este
enfoque le resta legitimidad al propio régimen de bienestar (Rothstein, 1998),
ya que primero se debe definir a un grupo que es “diferente” y que por eso
merece atención especial, pero entonces surge la duda: si son diferentes, ¿cómo
puede una política social hacerlos “comunes”?
En cambio, en regímenes de bienestar universales, la discusión se
concentra en lo que es justo para
cualquiera: “la pregunta no es «¿cómo resolveremos el problema de ellos?» sino «¿cómo resolveremos nuestros problemas comunes con la
seguridad social?»” (Rothstein, 2001:11). Es decir, fomenta la construcción de
una comunidad moral, y así de la confianza horizontal.
La tercera condición también dice relación con otra lógica moralista.
Bajo esquemas selectivos, los beneficiarios no aportan económicamente, y los
que financian el régimen, no reciben nada a cambio. Esto genera un clivaje en
cuanto a la construcción de una comunidad moral. En regímenes de bienestar
universales, los más pobres también pagan impuestos, y los ricos también
reciben beneficios. Ambos se sienten partícipes de un proyecto común, porque
todos aportan al sistema.
Es decir, el régimen de bienestar con beneficios universales une el
fomento de la comunidad moral con la reducción de la desigualdad, y ambos
conducen al fomento de la confianza horizontal.
5. Cambio en la manera de hacer políticas públicas
Recapitulemos lo
que hemos afirmado hasta ahora. Hemos construido un argumento a favor de un
Estado activo en cuanto a la generación de confianza horizontal. El Estado
puede generarla a través de la reducción de la desigualdad, y si bien en Chile
se ha enfocado en la generación de confianza vertical a través de la
credibilidad de sus políticas, separando al máximo la esfera política de la
económica, la confianza horizontal es el gran ausente en los mecanismos de
auto-evaluación.
En términos operativos, Rothstein (1999) argumenta que los regímenes
de bienestar selectivos no logran reducir la desigualdad sustancialmente; en su
lugar aboga por uno con beneficios universales. Percibiendo la provisión de la
seguridad social como un problema de acción colectiva, y relajando los supuestos
fuertes de racionalidad, define tres condiciones para que un régimen de
bienestar universal sea factible como resultado.
Por un lado, la aplicación de tal sistema crea condiciones favorables
para el fomento de confianza de horizontal, aparte del hecho que reduce la
desigualdad. Por otro lado, la aplicación del sistema es viable sólo si la
sociedad posee cierto nivel de confianza horizontal, y si se considera una
comunidad moral (o al menos una masa crítica).
Los traumáticos eventos de los años setenta polarizaron el país, tanto
ideológica como socialmente. El debate político sigue basado en términos
maniqueístas; el adversario político es visto como un enemigo a los propios
intereses. Es considerado un obstáculo para el desarrollo del país, no como un
elemento necesario y constructivo. La vida social segrega a las clases
sociales. Cada una vive en su burbuja sin tener mayor contacto con las otras.
Éstas son percibidas hasta como peligrosas, ya que usarían cada oportunidad
para aprovecharse de la propia.
No se trata de lograr una feliz armonía o de adoctrinar a las personas
de manera que exista un solo pensamiento. La diversidad es necesaria, pero debe
haber un consenso en torno a normas y valores esenciales. Una manera de lograr
esto es a través de un proyecto país. Sin embargo, como sostiene Garretón
(2003), no puede haber un proyecto país si no existe una memoria compartida en
las dimensiones ética, socio-económica y política. Para lograr eso, sostiene,
que se debe construir una comunidad ético-histórica, lo que es en realidad lo
mismo que nuestra comunidad moral.
Esto significa que ya hemos identificado un proyecto país
rudimentario. Si existe consenso respecto a la necesidad de construir un
proyecto país, se habrá dado el primer paso en la cadena lógica que nos llevará
al fomento de la confianza horizontal, parte esencial para lograr el crecimiento
económico sostenido.
Esa toma de conciencia no altera la manera tecnocrática de hacer
políticas públicas. De hecho, las medidas de corto y mediano plazo siguen
siendo barómetros importantes de la eficiencia y eficacia de las políticas
públicas. Lo que se plantea aquí es que se amplíe el conjunto de medidas de
evaluación, incluyendo explícitamente la confianza horizontal. Es decir, se
aboga por una evaluación más completa de ellas.
En segundo lugar, necesariamente alterará la manera de concebir la
seguridad social, lo que significará que el Estado Subsidiario no se debe
interpretar de manera estricta. La seguridad social, por las características
que todos los seguros tienen (principalmente la selección adversa y el riesgo
moral), requiere necesariamente de la regulación estatal. Esto concuerda con la
lógica del Estado Subsidiario, ya que estamos en presencia de fallas de
mercado. En qué grado intervendrá, dependerá de las preferencias políticas de
cada país, pero en este trabajo hemos abogado por un esquema de beneficios
universales. El financiamiento y la administración de los fondos es otra
cuestión. Podría optarse por un esquema basado en una mezcla de capitalización
privada y financiamiento solidario con una administración en manos de privados,
similar al seguro de cesantía en Chile.
Lo que importa cambiar es la moral o ética del régimen de bienestar, y
esto es la segunda tarea (aparte de definir un proyecto país) pendiente que
debe partir desde el Estado: las personas que reciben beneficios deben
considerarse personas con un problema
y no como un problema. Restringir los
beneficios sólo a los pobres los excluye moralmente más que los incluye, tal
como afirmamos en una sección anterior.
Lo anterior nos recuerda que el crecimiento económico sostenido, el
que más importante, no puede verse como un fenómeno independiente de las demás
esferas societales. El desarrollo social es necesario para fomentar el
crecimiento económico sostenido, y no es sólo producto de él. Así, las
políticas sociales pro-crecimiento (pero de largo plazo) nos obligarían a
reconsiderar la ética detrás del actual régimen de bienestar, sin que ello lleva
a una manera distinta de hacer políticas públicas. Pues, el estilo tecnocrático
se complementa, no se reemplaza. El uso del conocimiento en el poder sigue
vigente.
6. Conclusiones
La tecnocracia
tiende a limitarse en medidas de evaluación de corto y mediano plazo, mientras
que medidas de largo plazo, como la confianza, son ignoradas. Sin embargo, el
crecimiento económico sostenido depende del fomento de la confianza horizontal.
Al ampliar la evaluación con medidas de largo plazo, las funciones del Estado
requieren ser reevaluadas. Específicamente, requiere de políticas públicas que
reducen la desigualdad, y que apuntan a la construcción de una comunidad moral
en general.
El cambio de un régimen de bienestar selectivo o focalizado a uno
universal reúne esas condiciones. Sin embargo, esto introduce el problema de la
gallina y el huevo, ya que las condiciones del consentimiento contingente, como
concepto de equilibrio, requieren de cierto nivel de confianza para que un
esquema universal sea aceptado.
De esta manera, hemos
identificado dos tareas pendientes para el Estado. En primer lugar, se debe
definir un proyecto país consensuado, o llegar a un consenso respecto a la
necesidad de un proyecto país (el cual en sí constituye un proyecto país,
aunque en términos menos concretos). En segundo lugar, la ética impartida desde
el Estado debe ser de incluir los necesitados, no de excluirlos. El régimen de
bienestar con beneficios universales ofrece eso, pero lo fundamental es lograr
un cambio en la manera en que se perciben los necesitados de nuestra sociedad.
Debemos preguntarnos si ellos son un
problema o tienen un problema. A
menos que elijamos el camino de la Doña Florinda, debemos tomar conciencia de
que un país se construye con todos.
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