INTELECTUALES
Y EXPERTOS.
ANTONIO ALMENDRAS GALLARDO.
Y Néstor, caballero gerenio, les
arengó diciendo: “¡OH rey! No dejes de pensar tú mismo y sigue también los
consejos que nosotros te damos… Agrupa a los hombres … por tribu y familias,
para que una tribu ayude a otra tribu y una familia a otra familia. Si así lo
hicieres y te obedecieren los aqueos, sabrás pronto cuáles jefes y soldados son
cobardes y cuáles valerosos, pues pelearan distintamente, y conocerás si no
puedes tomar la ciudad por la voluntad de los dioses o por cobardía de tus
hombres y su impericia en la guerra”.
Y respondiendo, el rey Agamenón le
dijo: “De nuevo, oh anciano, superas en el ágora a los aqueos todos. Ojalá
¡Padre Zeus, Atenea, Apolo! Tuviera yo entre los aqueos diez consejeros
semejantes”.
La Iliada.
Canto II.
Llama
profundamente la atención que al iniciarse la década del ’90 en el siglo
pasado, la figura del “experto” se
encuentra instalada como actor gravitante en posiciones de poder en el aparato
del Estado, en la mayoría de las democracias latinoamericanas. Impresiona que
hayan logrado imponer paradigmas de conducción económica aplicando programas de
ajuste estructural “recomendados” por los organismos internacionales (FMI y BM)
gracias al éxito en el nivel académico de las fórmulas neoclásicas de análisis
y comprensión de los fenómenos económicos. La eclosión de la teoría de elección
racional como matriz epistémico-teórica para entender todo tipo de fenómenos
sociales,
entregando orientaciones metodológicas sobre el comportamiento de los actores
económicos, permite entender el carácter de paradigma económico dominante que
ella conquistó, extrapolando incluso dichas orientaciones a todas las
dimensiones de la vida social.
¿Cómo los expertos han sido capaces de empoderarse
ganado posiciones en las altas esferas gubernamentales y desplazando a la
figura del intelectual, que durante
mucho tiempo fue escuchada, consultada y respetada?
Sabemos que desde
que el mundo es mundo, los nexos entre saber y poder, entre conocimiento y
política, entre intelectuales y
decidores, entre expertos y políticas
públicas, han pasado por todas las modulaciones imaginables de la grandeza o de
las miserias humanas, y se requiere mucha prudencia antes de reclamar novedad
en asunto tan trajinado. En este ámbito, la relación entre conocimiento y
poder político forma parte de las cuestiones debatidas con mayor fuerza por las
últimas tendencias de las ciencias sociales y las humanidades. La creciente
complejidad de los mecanismos de “gobernabilidad” y
la interdependencia de éstos con las labores de asesoría que desempeñan los
entes denominados “think tanks”, es uno de los
fenómenos de mayor relevancia en la esfera de las políticas públicas. Situados
entre la ciencia social académica y la educación superior, por un lado, y el
gobierno y la política de partidos, por el otro, los grupos de expertos constituyen, hoy por hoy, un
punto central bien concreto para explorar el cambiante papel del experto político durante las últimas
décadas.
Por otra parte,
los intelectuales y sus diversas
academias han sido objeto de especulación utópica desde
la Antigüedad
, y
las relaciones entre los asesores ilustrados y los gobernantes han seguido
siendo temas centrales en las historias políticas, las biografías y la
literatura especializada sobre el arte de gobernar. Sin embargo, los modernos expertos en política y sus centros de
investigación han atraído mucho menos atención. Los grupos de expertos son en gran medida un invento
del siglo XX, pero el intelectual que trabaja en las sombras del poder ha
tenido un papel importante en la vida política durante más de dos milenios. El
asesoramiento político comenzó en Occidente con los príncipes jóvenes, quienes
eran preparados desde muy pequeños para sus futuras tareas de liderazgo. La
lista es extensa, por ejemplo: Aristóteles, “El Estagirita”, fue tutor del joven
Alejandro; Séneca, le enseñó a Nerón; al despuntar los tiempos modernos Thomas
Hobbes se ocupó de la educación del joven príncipe de Gales que se convertiría
en Carlos II y el cardenal Mazarino sacó tiempo de sus innumerables tareas para
vigilar la formación de Luis XIV, el futuro “Rey Sol”. Nicolás Maquiavelo, se
remitió a su experiencia en el gobierno florentino para escribir su “opus
magnum” que ha servido como manual práctico para muchas generaciones de
aspirantes a políticos. El Príncipe,
el ejemplo más notable del género, también estaba pensado para ayudar a que
progresara la carrera de Maquiavelo, atrayendo la atención de un potencial
nuevo patrón. Si bien su cortejo de Lorenzo de Médici no tuvo éxito, el breve
tratado de Maquiavelo sobre la virtud y la necesidad revoluciono la teoría y la
práctica de la política. También manchó para siempre la reputación del asesor
político, al poner demasiado en evidencia que el conocimiento estaba más
ansioso por servir al poder, y dispuesto a hacerlo, que orientado hacia fines
morales más altruistas.
He aquí dos
términos que parecen caracterizar polos de un segmento definidos por
contaminaciones recíprocas. El uso moderno del primero reconoce su origen en
una coyuntura histórica y un espacio nacional particular: el affaire Dreyfus en
la Francia finisecular. Este es el episodio
más emblemático, que nos remite a las circunstancias históricas que
sustantivaron el término “intellectuels”. Se trata de un acto
legitimador y el modelo de la intervención de los intelectuales en los asuntos públicos, en el que se vio involucrado
Emile Zola, el 18 de enero de 1898; al publicar su famoso artículo “Yo
acuso” carta abierta a Felix Faure, presidente de la República Francesa, en
L’ Aurore, diario parisino, consagrando así el partido de los intelectuales, a favor del capitán
Dreyfus
[7]
,
condenado y degradado por la justicia militar francesa por espionaje, proceso
que velaba las posiciones antisemita del Estado Mayor francés.
El
manifiesto de Zola - el primero de una larga serie – abrió el camino a la
rehabilitación del capitán degradado. Le siguió la publicación el 15 de enero
en el periódico Le Temps de una petición que estaba firmada por hombres de
letras, universitarios, médicos, abogados, estudiantes, críticos y estudiosos
quienes exigían la revisión del proceso Dreyfus. Entre los firmantes se
encuentran los nombres de Marcel Proust, Daniel Halévy, Anatole France, Emile
Durkheim, Claude Monet y Lucien Herr, entre otros.
Todo
parece indicar que la idea del título del manifiesto publicado en la primera
página de L’ Aurore, se debe a Clemenceau, a la sazón, director del diario,
quien algunos días más tarde escribió. “¿No constituyen una señal todos estos intelectuales,
procedentes de todos los rincones del horizonte, que se agrupan en torno a una
idea y se mantienen inquebrantables a ella?” Clemenceau no había inventado el
término. La palabra intelectual aparece en 1821 de la pluma de
Saint-Simon, quien: “Invita a los intelectuales positivos a unirse y a combinar sus fuerzas para proceder a un
ataque general y definitivo contra los prejuicios, comenzando por la
organización del sistema industrial”. Sin embargo fue a finales del siglo XIX,
durante el caso Dreyfus, cuando la palabra intelectual se vuelve de uso
corriente. El uso público del término provocó inmediatamente una mordaz
respuesta en la prensa nacionalista por parte de M. Barrès
[8]
;
a la polémica contra los intelectuales se unían, algún tiempo después,
también los más grandes exponentes del sindicalismo revolucionario de la época,
como G. Sorel y E. Berth. Recibido con desconfianza en los diccionarios, y
considerado a menudo como voz jergal y despreciativa, el término intelectual,
conservaba todavía el sentido político que tenía por el hecho de haber sido
acuñado, como si fuera un nombre de batalla, en el conflicto que puso
frente a frente a conservadores y
progresistas en torno al affaire Dreyfus. Aún en la actualidad, señalarse a sí
mismo o a los demás como intelectual, no designa en efecto, únicamente
una condición social y profesional sino que se sobreentiende una elección
polémica de ubicación y de alineamiento, la insatisfacción por una cultura que
no es capaz de convertirse también en política, o por una política que no
quiere entender las razones de la cultura.
El rol
de liderazgo de los intelectuales (tanto de izquierda como de derecha) en el
caso Dreyfus sentó un precedente que sirvió de base para todos los momentos
políticamente dramáticos de la historia del siglo XX. Aún más, los precedentes
establecidos por Zola, Barrés y otros, no sólo tienen una dimensión moral (el
comportamiento del intelectual y el uso de su fama, posición privilegiada y
elocuencia deben estar al servicio de una causa), sino también estratégica
(cómo el compromiso de los intelectuales puede favorecer una causa o contribuir
a un movimiento).
Historizando
el término vemos que en L’ ancien régime et la revolución (1865),
Tocqueville sostiene que la politización de los intelectuales nace de su falta
de experiencia práctica y de su amor a las ideas generales, que los hacen
indulgentes con el extremismo simplificador y apriorista, enemigos máximos de
una correcta conducción de los asuntos públicos y de la libertad política. Da
la impresión que el sentido implícito de esta argumentación es que los
intelectuales sólo pueden tener una función negativa en la política, exaltando
a la muchedumbre con sus simplificaciones y abriendo el camino al despotismo.
Deben retornar pues a las letras, dejando la política a una clase de gobierno experta y por consiguiente capaz.
A partir
de entonces la palabra “intelectual” ha servido para designar a aquellos individuos que reclaman como fundamento de
legitimidad para sus intervenciones públicas una forma de pensamiento crítico,
independiente de los poderes y sustentada en el uso de la razón.
El
término experto, en cambio posee una
historia bastante más corta, típicamente del siglo XX. Aunque individuos
caracterizados como expertos han
existido desde mucho antes, la utilización del término se generalizó
particularmente luego de la segunda posguerra bajo el influjo de las ciencias
sociales norteamericanas. Los expertos modernos
suelen ser los técnicos, los especialistas que trabajan en y para el Estado, y
más recientemente para las ONG, y los organismos internacionales.
Si la
figura del intelectual nos remite a
un tipo de formación general, que puede o no tener a la universidad como ámbito
principal de acción, la figura del experto evoca especialización y entrenamiento académico. En su acción pública, el
primero dice anteponer un conjunto de valores y un tipo de sensibilidad; el
segundo, al contrario, actúa en nombre de la técnica y
de la ciencia, reclamando hacer de la neutralidad axiológica la base para la
búsqueda del bien común.
En la
actualidad, los expertos ejercen una
función plenamente institucionalizada y suelen situarse en dos bandos definidos
según estén:
1º como
miembros asesores o funcionarios de la administración de turno, esto es,
formando parte de la esfera de planificación de estrategias e influyendo en la
esfera de ejecución de decisiones como policy
makers, o
2º como cuadros de la oposición afanados en
criticar las acciones emprendidas por el gobierno y trayendo a colación
continuamente las extraordinarias políticas que ellos podrían ejecutar si
fueran gobierno.
En ambos
casos, se valen de un instrumento sumamente eficaz para conseguir su objetivo
de influir en la opinión pública, de la mano del denominado “cuarto poder”, a
saber, los medios de comunicación de masas, a través de los cuales canalizan
sus ideas, cristalizadas en orientaciones políticas que esperan sean bien
recibidas por la sociedad civil.
El
asesoramiento de nuestra época ya no está arraigado en la educación temprana,
tampoco se basa en contundentes reflexiones históricas, admoniciones morales o
amplios principios sobre el arte de manejar el Estado. Asesorar, hoy en día, es
tarea de cuadros de especialistas e implica ayudar a los funcionarios a trazar
opciones políticas, a tomar decisiones particulares y articular los motivos de
sus elecciones. Por cierto, ahora es una función plenamente institucionalizada,
tanto dentro del gobierno cuanto en las organizaciones de investigación que
funcionan fuera de él. Las instituciones de asesoramiento han crecido por
buenos motivos. Las decisiones que toman los funcionarios elegidos - tanto
cuanto las opciones que hacen los ciudadanos cuando votan - exigen más
conocimiento que nunca. Y las formas en que la sociedad organiza el
conocimiento y lo pone al servicio del público son de importancia vital.
La
identidad de intelectuales y expertos, está basada en buena medida en
los contrastes que los propios individuos interesados en consagrar esas categorías
establecen entre ellas.
Varios
ejemplos pueden ser citados en relación con nuestra región: América latina. Uno
es el de los fundadores de la moderna sociología,
que en un mismo movimiento construían una disciplina científica autónoma,
formaban técnicos al servicio del Estado y descalificaban a las tradiciones
intelectuales anteriores como “pre - científica”. La
suya, nos dice Guillermo O’Donnell, fue la primera generación de científicos
sociales graduada y profesionalizada pero claramente encaminada a la sociología
y, en menor medida, a la ciencia política. Razones había de sobra para explicarlo. La primera, el hecho que la sociología
era la disciplina más antigua y mejor desarrollada teórica y metodológicamente,
pero también por que los que él llama Founding
Fathers eran todos sociólogos renombrados e influyentes, como Florestán
Fernándes, Gino Germani, Pablo González Casanova y José Medina Echavarría. Lo
social y la política serían desde entonces consustanciales a las ciencias
sociales y a los académicos latinoamericanos.
Como lo
señala el propio O’Donnell, fue gracias a la inmigración que muchos científicos
sociales, en particular los que pertenecieron a aquella primera generación
profesional, tuvieron contacto con líderes del campo académico como Juan Linz,
Giovanni Sartori, Philippe Schmitter, Alfred Stepan, Alain Touraine, etc. Que
al margen de sus preferencias políticas desarrollaron un pensamiento abierto a
las técnicas, métodos y teorías que se orientaban a la explicación objetiva. En
ese contexto los científicos sociales se propusieron temas novedosos, sin duda
propios de la realidad social y política latinoamericana. Si bien hubo
influencias de izquierda, éstas no cancelaron las discusiones creativas y el
avance del pensamiento sociopolítico. Los temas de la dependencia, el
empresariado latinoamericano, la intervención estatal en las economías de
mercado, el populismo como fenómeno histórico, el autoritarismo y más tarde los
nuevos movimientos sociales (nms), las preferencias y comportamientos
electorales y las transiciones a la
democracia, lograron imponerse, y, a la postre, arrojar luz sobre la realidad
latinoamericana.
Una
historia moderna, reconocería su punto de quiebre en los comienzos de la
constitución de las ciencias sociales como disciplinas autónomas y su
articulación con las necesidades del Estado burocrático y racional, las
exigencias de los mercados capitalistas,
y las expectativas de justicia de nuevos actores sociales. Pensemos por
ejemplo, en los casos de Saint-Simon, Comte o Durkeim en Francia, o la
fundación de la London School of Economics para el caso británico, o la labor
de Max. Weber y Gustav Schmoller en los trabajos de la renovada Verein fúr
Socialpolitik (1873), algo que en el lenguaje de nuestra época consideraríamos
un think tank.
Pero la
historia contemporánea en la relación entre lo que comienza a definirse más
claramente como conocimiento especializado (expertise), de un lado, y como
política pública (public policy), del otro, no empieza a escribirse en sus
nuevos términos hasta el período que va entre la crisis de los años treinta y
el final de la Segunda Guerra Mundial. Y en buena medida habrá que esperar
hasta la crisis de los años setenta, y a la reconfiguración de las relaciones
estructurales entre Estado, mercado y sociedad civil en el marco del proceso
globalizador, para que vuelvan a replantearse en ese renovado contexto las
complejas relaciones entre estas esferas.
En esta
larga historia de encuentros y desencuentros entre el mundo del saber y la
política las sociedades occidentales actuales le fueron incorporando sus
propias características, y también sus propias tensiones. Entre las más destacadas
como ha señalado Lewis A. Coser,
hay que anotar el hecho de que el vasto proceso de burocratización de la vida
social ha llevado a que la “productividad cultural - que alguna vez pudo haber sido asunto de
artesanías – se racionaliza de manera que la producción de ideas se parece, en
los aspectos principales, a la producción de otros bienes económicos”. Simultáneamente,
el lugar que detentaba el intelectual de tipo “generalista” es paulatinamente
ocupado por el “experto”, dotado de
un dominio técnico sobre un campo del saber, y capaz de orientarlo a la
solución de problemas concretos de elaboración de políticas. En
el mismo sentido, la vinculación entre los especialistas y la política se opera
cada vez más al interior de redes de asuntos (issue networks),
que conectan agencias de gobierno, centros de investigación, fundaciones
privadas, organismos multilaterales, universidades, empresas patrocinadoras de
proyectos, y otras organizaciones complejas, que dejan poco espacio a la figura
declinante del intelectual “independiente”.
Hacia la
década del cuarenta del siglo anterior, comienzan a anudarse dos complejos
procesos, cada uno de ellos con sus propias temporalidades y dinámicas, que
contribuirán a definir los términos de la relación entre conocimiento
especializado y política durante las tres décadas siguientes. Por un lado,
asistimos a la emergencia de un Estado que se ubica crecientemente en el
“centro” de la sociedad, tanto como regulador de la esfera económica como
promotor de la integración social, y que será un creciente demandante de
expertos y técnicos para cumplir las cada vez más diferenciadas tareas propias
de su condición de Walfare State; por otro lado, las disciplinas científicas en general, y las
ciencias sociales en particular, experimentaran desde aquellos días un marcado
proceso de desarrollo teórico-metodológico, de diversificación y especialización
institucional, y de profesionalización de sus cuadros, en el marco de una
sostenida modernización y expansión universitaria en gran medida sostenida por fondos
públicos.
Poco a
poco fue haciéndose manifiesto que era necesario revisar los problemas de la
articulación entre conocimiento especializado y elaboración de políticas
públicas. En esta línea, el actual interés por el estudio de la problemática es
fruto, por un lado, del nuevo papel que cumple el conocimiento experto y las
organizaciones productoras de expertise en
el marco de las transformaciones globales entre estado, mercado y sociedad
civil; y, por otro, de la autorreflexión crítica de los propios especialistas
acerca de los usos y la influencia real del conocimiento científico en la toma
de decisiones.
No es raro
que interpretaciones sociológicas respecto de la producción del conocimiento sobre
la sociedad definan los vínculos entre intelectual y experto a través del lenguaje
de la polución. La principal limitación de buena parte de esas interpretaciones
se debe a que los analistas parecen compartir con sus objetos un mismo interés
por la dicotomía, clasificando autores y grupos en categorías que no siempre
son distinguibles empíricamente. Más recientemente, la generalización de un uso
mecánico de categorías como autonomía o campo revela, igualmente un problema:
al incorporar los valores de los sujetos estudiados, como valores del analista,
éste deja pasar la posibilidad de comprender las acciones y las ideas de estos
últimos. De esta manera, categorías de análisis tienden a mezclarse con
categorías de identificación. Para algunas de estas visiones, los vínculos
entre intelectuales y expertos, lejos de ser productivos,
indicarían más bien la existencia de un problema originado en la crisis del
modelo de modernidad que dio origen, precisamente a los primeros. El experto sería el que, sin la visión
global y comprometida del intelectual, lo reemplazaría a caballo de la
posmodernidad de la cual el intelectual, junto con la noción de subjetividad y
las dimensiones de lo nacional y lo social, sería víctima.
Pero si
el intelectual comprometido y crítico, el que podía tomar a la sociedad toda
como su objeto de reflexión, es una especie en vías de extinción o. en el mejor
de los casos, estaría condenado a
convertirse en un mero intérprete del mundo multicultural en que nos ha tocado
vivir, entonces ¿cómo se produce el conocimiento sobre la sociedad en estas
condiciones? ¿cuáles serían las condiciones de posibilidad y los agentes
productores de este conocimiento?
¿Dónde y cómo se genera el
conocimiento social? Dos perspectivas de análisis contribuyen de modo
sustancial a dar cuenta de esta pregunta. Una es la inspirada por Pierre
Bourdieu, que fija su atención en la construcción de campos de producción de
conocimiento con lógicas internas específicas. Estas serían, a la vez,
homólogas y autónomas respecto de otros campos de la vida social. La historia
de los distintos campos, en sus contextos nacionales específicos, estaría
vinculada al proceso de autonomización de los campos, lo que incluye, de modo
específicamente estratégico, la creación de instancias de validación y de
reproducción propias.
Algunos autores han discutido ya la
rentabilidad de la noción de “autonomización” para comprender la producción de
conocimiento en contextos sociales como los de los países periféricos, donde
las fronteras entre los campos han sido históricamente mucho más borrosas que
en los llamados países centrales y, sobre todo, que en Francia, espacio social
y cultural para el cual Bourdieau construyó su modelo de análisis.
Por otra parte, es preciso constatar que los avances en la
producción de saberes sobre la sociedad muchas veces provienen de factores que
son exteriores a la lógica interna de cada campo de conocimiento, lo que nos
lleva a la segunda de las tradiciones, definida por el título de un libro ya
clásico que nos exhorta a Traer de nuevo al Estado al centro del
análisis. Los autores de ese
volumen muestran que la constitución de las ciencias sociales son procesos
fuertemente vinculados al desarrollo de necesidades y demandas del Estado
rápidamente modernizado y burocratizado de finales del siglo XIX y primeras
décadas del XX. Según su perspectiva, el motor de la producción de conocimiento
social debería buscarse en las necesidades de una burocracia estatal en
expansión, principalmente dedicada a la elaboración e implementación de
políticas sociales.
Todo
este escenario otorga gran relevancia a la necesidad de abordar nuevamente la
cuestión del rol de los expertos en
la toma de decisiones. La gran ola de tematización ocurrida en las décadas de
los ’60 y ‘70 del siglo pasado, requiere ser revisitada. Hoy la pregunta pertinente
ya no es si acaso el conocimiento experto es síntoma de un nuevo tipo de
sociedad de corte postindustrial (Bell) o
las razones por las que pudo ser compatible con regímenes autoritarios,
reconceptualizados como Estados Burocráticos Autoritarios (O’Donnell).
Hoy es urgente tematizar y profundizar, densificando un debate que se haga cargo de la siguiente pregunta de
investigación: ¿es posible compatibilizar la toma de decisiones a la luz de los expertos en el nivel estatal con la
teoría democrática?
Por
cierto, esta pregunta es más general, de lo que este artículo pretende abarcar,
no obstante orienta el desarrollo del programa de investigación en el que se
insertan estas reflexiones.
Este artículo forma parte
de un programa de investigación que pretende plasmarse en una tesis doctoral y cuyo
ámbito de preocupación general es poner bajo la lupa analítica tanto a los
expertos como los conocimientos que legitiman su estatus profesional y
social, y su papel político en Chile, durante las últimas décadas.
Licenciado en Historia de
la Pontificia Universidad
Católica de Chile. Diplomado en Estudios
Políticos, Universidad de Chile. Magíster en Ciencia Política, Universidad de
Chile.
El impacto de la economía
neoclásica se ha extendido a otras disciplinas, como lo muestra el desarrollo
de la teoría de la elección racional en campos tales como la ciencia política.
La estrecha vinculación
entre conocimiento, intelectuales, expertos y poder político no es una
conclusión sorprendente. Ella ha sido profusamente tratada, durante las últimas
décadas, por estudiosos de la sociología de los intelectuales y particularmente
destacado para los casos de América latina y otras sociedades periféricas.
Chile pareciera ser un caso arquetípico al respecto. Para una mayor información
véase: Puryear, Jeffrey. Thinking
Politics. Intelectuals and Democracy in Chile, 1973 – 1988. The Johns
Hopkins University Press. Baltimore and
London 1994.
Al usar el término “gobernabilidad” aquí, me estoy
refiriendo simplemente a la gestión del poder civil, sin atribuir al término
connotaciones relativas a la calidad del desempeño gubernamental.
De acuerdo con el
contexto, la expresión “think tanks” se traduce como “grupos de expertos” o
“centros de estudios”, según se refiera a personas o a instituciones, que son
grupos de investigación privados y sin fines de lucro que funcionan en los
márgenes de los procesos políticos formales.
[7]
Dreyfus, Alfred. (Mulhouse 1859 - París 1935), militar francés, proveniente de
una acaudalada familia judía de Alsacia, se incorporó al ejército donde alcanzó
el grado de capitán de artillería agregado al Estado Mayor (1889). En 1893 se
le involucró en la difusión de una lista de secretos militares a Alemania,
circunstancia que dio paso al célebre “caso Dreyfus”, que marcó política y
socialmente a
la
III República
Francesa. Tras ser juzgado irregularmente por
un tribunal militar sin las suficientes evidencias, fue acusado de traición,
degradado y condenado a deportación perpetua. Tras ser embarcado el 21 de
febrero para Guyana, llega a su destino el 21 de marzo tras una terrible
travesía en una jaula de hierro. Le trasladan en abril a la isla del Diablo, en
la costa de Cayena (1894).
[8]
Maurice Barrès fue un prominente adversario de Alfred Dreyfus. Como novelista
francés de finales del siglo XIX y comienzos del XX mostró tendencias
protofascistas y antiintelectualistas, defendiendo la existencia de un
inconsciente político, en virtud del cual razas y naciones eran portadoras
colectivas de ideas y tendencias.
Véase: Regis Debray. Le pouvoir
intellectuel en France. París. Ramsay, 1980.
Hoy es el técnico quien se ha
situado como experto, pues vincula la
ciencia con la capacidad de llevar principios de ella a la práctica. La
conexión entre ciencia y técnica ha actualizado los aspectos más utilitarios
del conocimiento, expandiendo crecientemente las dimensiones donde el
conocimiento aplicado pueda ser usado.
Me refiero a Gino Germani,
Florestan Fernández, Pablo González Casanova y José Medina Echavarría.
O’Donnell, Guillermo.
“Latin America”. En: Political Sciencie and Politics. Washington, diciembre de 2001.
Hay que notar como
curiosidad histórica que estos primitivos “grupos de expertos” creados en
Europa fueron obra de socialistas y reformadores, y no tenían ligazón con los
sectores dominantes, más bien, se originaron a partir de iniciativas de
intelectuales y políticos preocupados por las condiciones de vida de los
sectores populares.
Lewis A. Coser. Hombres de ideas. El punto de vista de un
sociólogo. México, Fondo de Cultura Económica, 1968.
Con
agudo sentido histórico, Coser extrae las raíces dieciochescas de las
instituciones que más nutrieron la vocación intelectual. Examina el influjo que
tuvieron las sociedades científicas, las casas editoriales, las revistas, los
partidos políticos, los viejos cafés londinenses, los elegantes salones
franceses del “l’ancien régime” y la bohemia. Especial atención dedica a establecer
las relaciones de los intelectuales y los políticos; así tanto jacobinos como
bolcheviques son vistos como intelectuales que controlaron el poder; si no como
detentadores del gobierno que no querían para sí mismos, sí como simpatizantes
y sostenedores aparecen los hombres del “Nuevo Trato”, dreyfusistas como
ejemplo de intelectuales que bajaron a la arena política cuando vieron en
peligro de ser subvertidos sus valores más altos.
José Joaquín Brunner. “Investigación social y
decisiones políticas: El mercado del conocimiento”, Nueva Sociedad, Nº 146, p
11 y ss, 1996.
Para la jerga “redes de
asuntos”, ver: Hugh Heclo. “Issue Networks and the Executive
Establishment”. En: Anthony King (ed). The New American Political System.
Washington DC, American Enterprise Institute, 1978. Heclo publica “Issue Network an the
Executive Estabishment”, como crítica ante la inadecuación del concepto
“triangulo de hierro” para comprender los cambios que habían tenido lugar en la
política federal norteamericana durante los años setenta. Dichos cambios hacían
referencia, primero, al crecimiento de la intervención gubernamental y, en
segundo lugar, al paralelo incremento del número y categorías de actores que
trataban de influir en el proceso de las políticas públicas. De este modo,
frente a la figura del “triángulo de hierro”, que presumía un pequeño número de
participantes, aislados y autónomos respecto al entorno, Heclo elabora el
concepto de “issue network”, para dar cuenta del gran número de actores que
pululan en torno a las políticas, con grados variables de compromiso o
dependencia mutua, moviéndose constantemente dentro y fuera de la red
resultante. Al mismo tiempo ninguno de estos actores, conseguía el control
total de las políticas, y el papel de los intereses económicos era tan
importante, como el de los compromisos ideológicos o emocionales. La nueva
conceptualización de Heclo estaba asociada con el fenómeno observado en la
sociedad estadounidense desde finales de los años sesenta; me refiero al
surgimiento de multitud de grupos y organizaciones vinculadas a la defensa de
intereses no económicos: feministas, medioambientalistas, étnicos, de defensa
de los derechos y libertades civiles, etc.
Aquí cito a Zygmunt
Bauman, autor prolífico que utiliza los conceptos físicos de fluidez o liquidez
como metáfora para aprehender la naturaleza de la “fase” actual de la historia
de la modernidad. Todo aquello que persiste en el tiempo, que es indiferente a
su paso e inmune a su fluir debe ser comparado con los “sólidos”, que deben
derretirse para dar paso a un espíritu que emancipe la realidad”. Bauman
describe la evolución del modernismo y postmodernismo como un proceso de
búsqueda de un nuevo orden, pero que a la vez se encuentra entrampado en su
propia licuefacción, lo que, en la práctica impediría que emergiera un nuevo
orden “sólido” y durable. Tal sería el proceso de descomposición que hoy
estaríamos acudiendo a una reorganización de los poderes de disolución (o de
licuefacción) y la vieja estratificación ya está fuera del campo de batalla. La
libertad ganada a través de esta reasignación de la distribución de poder no
sería más que para buscar los nichos del nuevo orden, para reubicarse y actuar
de acuerdo con las reglas asociadas a ese nicho en particular. El problema
–continúa Bauman- es que tanto los nichos como los códigos hoy en día ya no
ofrecerían la estabilidad ni la duración (solidez) que proveían antes. Si es
que quedan algunos, éstos son cada vez más escasos. Hoy en día –según Bauman-
las pautas ya no están determinadas y tampoco resultan autoevidentes.
Textualmente Bauman dice “hay demasiadas, chocan entre sí y sus mandatos se
contradicen, de manera que cada una de esas pautas y configuraciones ha sido
despojada de su poder coercitivo o estimulante. Y, además, su naturaleza ha
cambiado, por lo cual han sido reclasificadas en consecuencia: como ítem del
inventario de tareas individuales. En vez de preceder a la política de vida y
de encuadrar su curso futuro, deben seguirla (derivar de ella), y
reconfigurarse según los cambios y giros
que esa política de vida experimente. El poder de licuefacción se ha desplazado
del “sistema” a la “sociedad”, de la “política” a las “políticas de vida”… o ha
descendido del “macronivel” al “micronivel” de la cohabitación social. Como
resultado, la nuestra es una versión privatizada de la modernidad, en la que el
peso de la construcción de pautas y la responsabilidad del fracaso caen
primordialmente sobre los hombros del individuo. La licuefacción debe aplicarse
ahora a las pautas de dependencia e interacción, porque les ha tocado el turno.
Esas pautas son maleables hasta un punto jamás experimentado ni imaginado por
las generaciones anteriores, ya que, como todos los fluidos, no conservan mucho
tiempo su forma. Darles forma es más fácil que mantenerlas en forma. Los
sólidos son moldeados una sola vez. Mantener la forma de los fluidos requiere
muchísima atención, vigilancia constante y un esfuerzo perpetuo… e incluso en
ese caso el éxito no es, ni mucho menos, previsible. Sería imprudente
negar o menospreciar el profundo cambio que el advenimiento de la “modernidad
fluida” ha impuesto a la condición humana. El hecho de que la estructura
sistémica se haya vuelto remota e inalcanzable, combinado con el estado fluido
y desestructurado del encuadre de la política de vida, ha cambiado la condición
humana de modo radical y exige repensar los viejos conceptos que solían
enmarcar su discurso narrativo. Como zombis, esos conceptos están hoy vivos y
muertos al mismo tiempo. La pregunta es si su resurrección –aun en una nueva
forma o encarnación– es factible; o, si no lo es, cómo disponer para ellos un
funeral y una sepultura decentes.” Véase las siguientes obras del autor: Modernidad Líquida. Fondo de
Cultura Económica. Buenos
Aires, 1999.
La
Sociedad Individualizada.
Crítica. Madrid,
2001 y
La
Sociedad Sitiada.
Fondo de Cultura Económica. Buenos
Aires, 2004.
Evans, Peter Rueschemeyer, Dietrich, y Skocpol, Theda. (eds). Bringing The State Back In. Cambridge.
Cambridge University Press, 1987.
Es el principal teórico de
la sociedad post-industrial. Bell nos
advierte de un cambio histórico, de la transición hacia un modelo basado en la
información y el conocimiento, cuyas consecuencias alcanzan a las relaciones de
poder, la estratificación social y la reconfiguración de los valores políticos,
sociales y culturales. Según este autor, son las tecnologías de la información
las que dan proyección a la ruptura histórica sobre los modelos y períodos
previos; a su juicio, la lucha de clases ya no es el motor de la historia de la
humanidad, sino que las fuerzas de transformación e innovación, radican en el
nuevo papel del conocimiento, de la información, la educación y el capital
humano. Esto no supone el final de la confrontación dialéctica, sino una
reorientación de las tensiones que se derivan de la jerarquización del
conocimiento a través de la meritocracia. Daniel Bell es uno de los precursores
en la descripción y análisis de lo que hoy se denomina como sociedad de la
información y del conocimiento, que se basa en el uso intensivo de las nuevas
tecnologías. Al respecto nos señala que mientras que la imprenta “está en la
base de la sociedad industrial, en la bese de saber leer y de la educación de
masas”, las telecomunicaciones y la informática dan sentido a la nueva escena
histórica contemporánea. Véase: El
advenimiento de la sociedad postindustrial. Alianza Editorial. Madrid, 1976
y La revolución tecnológica de las comunicaciones y sus consecuencias.
Harvard-Deusto Business Review, primer
trimestre de 1981.
El Estado Burocrático
Autoritario (en adelante BA) es de la clase de términos que después de acuñado
se independiza de quien lo produjo (Guillermo O’Donnell) y pasa a formar parte
del acervo de las ciencias sociales en general y de la ciencia política en particular.
Producido para caracterizar a los “golpes de estado” surgidos en la década del
’60, su disponibilidad permitió que la región ganara un lugar de importancia en
la Política
Comparada
, especialmente dentro de la academia
estadounidense. Fue el término sobre el que más intentos analíticos y
explicativos se tejieron, lo que hizo que se utilizara como concentrado de
muchos contenidos significativos. Su uso no siempre fue específico puesto que,
él designó una forma de Estado, un tipo de régimen político, un sistema
político y una forma de dominación moderna. Precisamente, este modo de
percepción es el que presenta particular interés, cuando O’Donnell nos señala
que “El Estado es fundamentalmente una relación social de dominación o, con más
precisión, un aspecto de las relaciones sociales de dominación.” A ellas las
respalda y organiza por medio de la capacidad de poner en movimiento, para
exigir la efectiva vigencia de esas relaciones, a instituciones que suelen
contar con la supremacía de la coacción en un ámbito territorialmente acotado y
a las que suele reconocer como justa su pretensión de respaldar y organizar las
relaciones sociales. “Las instituciones del BA suelen presentarse como un poder
monolítico e imponente, cuyo discurso celebra la superior racionalidad que debe
imponer a una nación a la que rescata de su más honda crisis. Estas
instituciones se presentan también transformándose por sí mismas, como
consecuencia de la evaluación, desapasionada y técnica, de los progresos que
van logrando en su magna tarea de rescate de una nación enferma”. Véase:
O’Donnell, Guillermo. El Estado Burocrático Autoritario. Triunfos,
derrotas y crisis: 1966 – 1973. Editorial de Belgrano. Buenos Aires, 1982.
y Del mismo autor: Contrapuntos. Ensayos
escogidos sobre autoritarismo y democratización. Paidós. Buenos Aires,
2004.